La imagen, labrada en el año 1965 por Juan González Moreno, participa del canon majestuoso, clásico y sobrio del que siempre hizo gala el imaginero murciano en sus obras.

Procesiona el Jueves Santo, junto a un ángel que se halla en actitud de recoger con un cáliz el agua y la sangre que brotan de su costado derecho, dando lugar a un misterio alegórico que versiona el tema del Lagar Místico o Cristo Fuente de la Vida Eterna: "El que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna” (Jn 4, 14).

Es un Cristo muerto y bastante magullado, de lívida policromía con contusiones e hilos de sangre que manan de las heridas de la Crucifixión, así como de las abiertas rodillas y la frente, como consecuencia de la corona de espinas, que es superpuesta. El ancho caudal de sangre y agua que mana del costado casi llega al cordífero sudario del Varón, el cual deja al descubierto la cadera izquierda.

Destacamos de la figura su elegante tratamiento de la anatomía, sin estridencias ni tremebundos dramatismos; el suave arqueamiento de la silueta hacia la derecha, lo que acentúa la exquisitez de su composición; los lacios cabellos pegados al casco, y el patetismo del rostro, con la boca y los ojos entreabiertos, recordando éstos dos últimos detalles al soberbio Crucificado del Colegio Senda en Murcia, realizado ese mismo año aunque con un planteamiento mucho más estilizado y revolucionario para su momento.